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Por qué cada vez hay más alergias en verano

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Por qué cada vez hay más alergias en verano

Penélope Cabezalí Esteban

Penélope Cabezalí Esteban

Farmacéutica del Servicio de Información Técnico Profesional COFM

Las enfermedades alérgicas son cada vez más frecuentes y representan uno de los principales problemas de salud pública. Tradicionalmente, las alergias se han asociado a la primavera y a la polinización de árboles y gramíneas. Sin embargo, cada vez es más frecuente que los pacientes presenten manifestaciones alérgicas durante los meses de verano, lo que refleja que las alergias ya no se concentran únicamente en primavera.

El verano conlleva cambios ambientales y en los hábitos de vida que favorecen la exposición a diferentes alérgenos. Pasar más tiempo al aire libre, el contacto con insectos, una mayor exposición a la radiación solar y el consumo de frutas de temporada hacen que, en esta época del año, aumenten las consultas por procesos alérgicos. Además, en algunos casos, la presencia de polen y de esporas de hongos puede prolongarse más allá de la primavera debido a cambios en las condiciones ambientales. La coincidencia de todos estos factores ayuda a explicar por qué durante el verano aparecen cada vez más cuadros alérgicos que no siempre están relacionados con el polen.

Durante el verano pueden aparecer reacciones alérgicas de origen muy diverso que el paciente no siempre identifica como una alergia o no relaciona con su causa. Conocer las más frecuentes resulta fundamental para orientar el consejo farmacéutico y establecer las medidas preventivas más adecuadas.

Gramíneas tardías: cuando la temporada polínica no ha terminado

Aunque las gramíneas se consideran el principal desencadenante de la alergia respiratoria durante la primavera, la exposición al polen no finaliza únicamente con esta estación. Se ha ido observando que la temporada de polinización puede comenzar antes y prolongarse durante más tiempo, un fenómeno que se ha relacionado con el aumento de las temperaturas, las modificaciones en los patrones de precipitación y el incremento de la concentración atmosférica de CO2. Como consecuencia, en algunos lugares, las personas sensibilizadas pueden permanecer expuestas al polen durante más tiempo.

El cambio climático no explica por sí solo esta prolongación. La duración de la temporada de polinización también depende de las especies presentes en cada región y de su periodo de floración. Aunque la mayor parte de las gramíneas florecen durante la primavera, algunas especies presentan una floración más tardía y continúan liberando polen durante el verano. Entre ellas se encuentran el carrizo común (Phragmites australis) y el maíz (Zea mays), que pueden contribuir a mantener la carga alergénica en determinadas zonas. Además, la vegetación urbana también puede influir en la duración de la exposición. Un estudio realizado en la Comunidad de Madrid mostró que la introducción de especies ornamentales puede modificar los patrones de exposición al polen, lo que pone de manifiesto que la duración de la temporada polínica no depende únicamente del clima, sino también de las características de la vegetación predominante en cada entorno.

Por eso, algunos pacientes continúan presentando síntomas respiratorios una vez finalizada la primavera. En estos casos, los calendarios polínicos locales y los estudios fenológicos resultan de gran utilidad para interpretar la exposición a los distintos aeroalérgenos y orientar tanto el diagnóstico como el consejo farmacéutico

Hongos ambientales: más presentes durante el verano

Aunque el polen es el aeroalérgeno más conocido, las esporas de hongos también constituyen una causa importante de alergia respiratoria. Las esporas permanecen suspendidas en el aire y, al ser inhaladas, pueden desencadenar una respuesta inmunitaria mediada por IgE en personas previamente sensibilizadas, dando lugar a manifestaciones como rinitis, conjuntivitis o asma. 

A diferencia del polen, las esporas forman parte del ciclo natural de los hongos y su presencia en el aire depende de distintos factores ambientales. La temperatura, la humedad, las precipitaciones y la ventilación influyen en su crecimiento y dispersión. Aunque la exposición puede producirse durante todo el año, las concentraciones suelen aumentar durante el verano y el comienzo del otoño. Una revisión de estudios realizada en Europa identificó a Alternaria y Cladosporium como los principales hongos alergénicos y observó que la duración de la temporada de exposición varía entre regiones, siendo más prolongada en el sur de Europa.

Entre los hongos con mayor relevancia clínica destacan Alternaria alternata, Cladosporium, Aspergillus y Penicillium. La sensibilización a estas especies se ha relacionado con un mayor riesgo de desarrollar asma y con un peor control de la enfermedad, especialmente en pacientes previamente sensibilizados.

En los últimos años también se ha ido observando que el cambio climático y la contaminación atmosférica pueden modificar la distribución y la concentración de las esporas fúngicas, lo que podría favorecer una exposición más prolongada en determinadas zonas.

A pesar de su importancia, la alergia a hongos continúa siendo una causa infradiagnosticada de enfermedad alérgica. La gran diversidad de especies fúngicas, la variabilidad de la exposición ambiental y las limitaciones de algunas pruebas diagnósticas dificultan su identificación. Por ello, en pacientes con síntomas respiratorios persistentes o de difícil control, especialmente durante los meses de verano, conviene considerar las esporas de hongos como un posible desencadenante del cuadro clínico.

Picaduras de insectos: cuándo sospechar una reacción alérgica

Durante los meses de verano aumentan las consultas relacionadas con las picaduras de insectos. La mayoría producen únicamente una reacción local, con dolor, enrojecimiento e inflamación en la zona de la picadura, que suele desaparecer en pocas horas. Sin embargo, no todas las reacciones tienen la misma importancia clínica y, en algunas personas, pueden aparecer manifestaciones alérgicas de mayor gravedad.

Las reacciones producidas por las picaduras pueden deberse tanto a la acción tóxica del veneno como a una reacción alérgica frente al veneno, la saliva u otras sustancias derivadas de los insectos. Las reacciones pueden ser locales, cuando se limitan al lugar de la picadura, o sistémicas, cuando aparecen manifestaciones alejadas del punto de contacto.

Las picaduras de himenópteros, especialmente de abejas y avispas, son las que con mayor frecuencia se asocian a reacciones alérgicas. En el caso de las abejas, la mayoría de las picaduras se producen entre los meses de mayo y septiembre, con un mayor número de casos durante julio y agosto, coincidiendo con el periodo de mayor actividad de estos insectos. Aunque la mayor parte evolucionan de forma favorable, en un pequeño porcentaje de pacientes puede producirse una reacción alérgica grave o anafilaxia, que puede manifestarse con dificultad para respirar, hinchazón de la garganta o la lengua, náuseas, vómitos, mareo o pérdida de conocimiento. Identificar la alergia al veneno de himenópteros es fundamental para identificar a los pacientes con riesgo de presentar nuevas reacciones tras futuras picaduras.

Además de las abejas y las avispas, durante el verano también son frecuentes las picaduras de mosquitos, flebótomos, garrapatas, moscas negras, chinches y pulgas. Aunque la mayoría producen reacciones locales, algunas especies pueden transmitir enfermedades. En España, los flebótomos tienen un interés especial por su papel en la transmisión de la leishmaniasis, una zoonosis endémica en la cuenca mediterránea.

Reacciones al sol: más allá de la quemadura solar

La llamada "alergia al sol" engloba un grupo de trastornos cutáneos en los que la exposición a la radiación solar desencadena o agrava una reacción en la piel. Aunque son poco frecuentes, suelen aparecer durante la primavera y el verano, cuando la exposición al sol es más intensa y prolongada.

La erupción polimorfa lumínica es la forma más frecuente. Suele manifestarse durante los primeros días de exposición solar con la aparición de granitos, manchas rojas o, en ocasiones, ampollas, acompañadas de picor intenso o sensación de quemazón. Las lesiones aparecen principalmente en las zonas expuestas, como la cara, el escote, los antebrazos o las piernas, y tienden a mejorar conforme avanza el verano. En la mayoría de los casos, una adecuada fotoprotección es suficiente para prevenir su aparición o disminuir la intensidad de las lesiones.

Mucho menos frecuente es la urticaria solar, que provoca la aparición de ronchas con picor pocos minutos después de la exposición al sol. Habitualmente desaparecen en pocas horas sin dejar marcas, aunque cuando la superficie corporal expuesta es amplia pueden acompañarse de síntomas generales y, en casos excepcionales, de una reacción sistémica grave como la anafilaxia.

También pueden aparecer reacciones fotoalérgicas. En estos casos, la radiación solar actúa como desencadenante tras el contacto de la piel con determinadas sustancias, como algunos medicamentos de uso tópico, cosméticos o perfumes, dando lugar a un eccema con enrojecimiento, picor y descamación que suele aparecer varias horas después de la exposición.

Frutas estivales: el síndrome de la alergia oral

El consumo de frutas frescas aumenta durante el verano y algunas de ellas pueden desencadenar reacciones alérgicas en personas previamente sensibilizadas al polen. En muchos casos no se trata de una alergia alimentaria, sino del síndrome de alergia oral (SAO) o síndrome polen-alimento, una reacción alérgica mediada por IgE que se produce por la reactividad cruzada entre proteínas presentes en el polen y otras muy similares que se encuentran en determinadas frutas, verduras, frutos secos y otros alimentos de origen vegetal.

Los síntomas suelen aparecer pocos minutos después de ingerir el alimento y, por lo general, se limitan a la cavidad oral. Lo habitual es notar picor u hormigueo en los labios, la boca, la lengua o la garganta, acompañado en ocasiones de una ligera inflamación. Aunque la mayoría de los casos son leves, de forma excepcional pueden producirse reacciones sistémicas o incluso anafilaxia.

Las frutas que desencadenan los síntomas varían según el tipo de sensibilización de cada persona. En pacientes con alergia a las gramíneas, algunas frutas habituales del verano, como el melocotón, el melón o la sandía, pueden desencadenar síntomas por este fenómeno de reactividad cruzada. Además, en muchos pacientes las molestias son más intensas durante la estación polínica, cuando la exposición al polen es mayor.

En la región mediterránea existe, además, un patrón de alergia diferente relacionado con las proteínas transportadoras de lípidos (LTP). En este caso, el melocotón se considera el principal alimento sensibilizante y puede presentar reactividad cruzada con otras frutas como la nectarina, el albaricoque, la cereza o la ciruela. A diferencia del síndrome de alergia oral clásico, las alergias mediadas por LTP pueden producir síntomas más allá de la cavidad oral y, en algunos pacientes, dar lugar a reacciones de mayor gravedad.

Para recordar

Aunque el polen siga siendo el alérgeno más conocido, no es el único responsable de las alergias que aparecen durante el verano. En esta época del año coinciden distintos desencadenantes que con frecuencia pasan desapercibidos. Conocerlos ayuda a interpretar mejor los síntomas y a adoptar medidas para prevenir nuevas reacciones.

Recomendaciones para el paciente

  • Mantener las medidas de protección frente al polen si los síntomas respiratorios continúan durante el verano.
  • Utilizar fotoprotección y protegerse frente a las picaduras de insectos, especialmente durante las actividades al aire libre.
  • Si tras consumir fruta fresca aparece picor o inflamación en la boca o en la garganta, evitar volver a tomarla hasta consultar con un profesional sanitario.
  • Si los síntomas se repiten o son más intensos de lo habitual, es recomendable consultar con un profesional sanitario para identificar el desencadenante y valorar las medidas más adecuadas.

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