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El mito del bronceado saludable: por qué no existe tomar el sol sin daño para la piel

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El mito del bronceado saludable: por qué no existe tomar el sol sin daño para la piel

Rocío Barrio Hermida

Rocío Barrio Hermida

Farmacéutica del Servicio de Información Técnico- Profesional del COFM

Con la etapa estival comienza la preocupación de gran parte de la población por lucir una piel bronceada. Aunque socialmente es un símbolo de salud y belleza, el bronceado es la respuesta defensiva de piel ante el daño producido por la radiación solar. Para poder concienciar a la población del peligro que supone esta práctica tan habitual, es fundamental conocer cómo afecta en concreto las diferentes radiaciones a la piel con el fin de prevenir los posibles daños consecuentes a la exposición solar.

La piel es el órgano más grande de todo el cuerpo humano. Es la principal barrera frente a la agresión de factores externos, tales como agentes físicos, químicos o biológicos. Uno de los factores externos que más afecta a la integridad de la piel es la radiación solar.

La radiación solar que alcanza la superficie terrestre se compone de la radiación infrarroja, la luz visible y las radiaciones ultravioletas (UV). Las radiaciones UV son las que mayor potencial perjudicial presentan a largo plazo. Se distinguen los siguientes tipos:

  • Radiación UVA: Tiene mayor longitud de onda y penetra en las capas más profundas de la piel, alcanzando la dermis. Es responsable de la generación de radicales libres de oxígeno. Es la principal responsable del fotoenvejecimiento prematuro y de manera indirecta produce daños en el ADN, que puede desencadenar a largo plazo en cáncer de piel
  • Radiación UVB: Tiene menor longitud de onda y solo penetra hasta la epidermis. Es responsable de la aparición de quemaduras, inflamación, daño en el ADN, alteraciones inmunológicas y aumenta directamente el riesgo de padecer cáncer de piel.
  • Radiación UVC: aunque la radiación solar se compone también de UVC, esta se absorbe gracias a la capa de ozono y apenas alcanza la superficie terrestre.

Proceso de bronceado y consecuencias

El bronceado es una respuesta protectora adaptativa activada ante la exposición solar. La melanina es un pigmento natural producido por la piel que tiene como función absorber parte de la radiación solar y evitar posibles daños en las diferentes estructuras dérmicas. En personas con piel clara (principalmente fototipo I y II), esta protección es más débil. Tras una exposición prolongada sin protección, se favorece la transcripción de los genes que regulan la síntesis de melanina. Hay un aumento de la hormona estimulante de melanocitos, que, tras unirse a su receptor específico dentro de los melanocitos, que son las células encargadas de sintetizar este pigmento, aumentan la producción de tirosinasa y otras enzimas fundamentales para la síntesis de melanina. Toda esta cascada de reacciones tiene como consecuencia el aumento de síntesis de melanina y su acumulación en los queratinocitos en forma de “escudo protector”. La acumulación progresiva de este pigmento es la responsable del oscurecimiento de la piel.  Cabe recordar que, aunque la función principal de la melanina es la protección de la piel frente a la radiación UV, su síntesis se debe a un daño previo en las estructuras dérmicas. Esto quiere decir que, lejos de ser un signo de salud, el bronceado es una señal de daño subyacente.

Si bien el bronceado es un mecanismo fisiológico protector, el hecho de que ya se encuentre bronceada no quiere decir que esté completamente protegida frente a los efectos nocivos del sol. La protección que ofrece la melanina es bastante limitada y equivale a un factor de protección solar muy bajo. En conclusión, el bronceado puede llevar a una sensación de falsa seguridad favoreciendo el empeoramiento de la calidad de la piel y la aparición de neoplasias cutáneas a largo plazo.

La radiación UV produce alteraciones en moléculas biológicas como la elastina y el colágeno, haciendo que la piel pierda su elasticidad y favoreciendo el envejecimiento prematuro. Por otra parte, el aumento del estrés oxidativo favorece un estado proinflamatorio y como consecuencia se produce el engrosamiento de la piel. Esta situación provoca la exacerbación de enfermedades dermatológicas, como es el caso de la rosácea y el acné.

La consecuencia más grave de la exposición prolongada al sol es la aparición de cáncer de piel. La radiación UV afecta de manera directa e indirecta a la estructura del ADN provocando mutaciones. Aunque existen mecanismos fisiológicos que reparan estos daños, su acumulación favorece la transformación de las células cutáneas en células cancerígenas. Todos ellos presentan como principal factor de riesgo la exposición solar, el uso de cabinas de bronceado y el fototipo cutáneo, teniendo más incidencia en pieles más claras. Los principales tipos de cáncer de piel relacionados con la radiación ultravioleta son:

  • Carcinoma basocelular: es el tipo de cáncer de piel más frecuente en población con fototipos claros, principalmente fototipo I y II. Se produce por mutación en las células de la capa basal de la epidermis. Supone el 75% de los tumores de piel no melanocíticos y aparece principalmente en las zonas expuestas del cuerpo, ubicándose en la mayoría de los casos en la cara. Es de evolución lenta e indolora y su poder metastásico es más bajo que otros tipos de cáncer.
  • Carcinoma espinocelular. Se produce por alteraciones en las células escamosas de la epidermis. Tiene mayor carácter invasivo que el carcinoma basocelular. Aparece principalmente en zonas más expuestas, aunque puede presentarse en cualquier parte del cuerpo, incluyendo mucosas.
  • Melanoma. Se produce por mutaciones originadas en los melanocitos. Es el tumor de piel con mayor tasa de mortalidad. Es el tipo de tumor cutáneo menos frecuente, representando el 1% de los casos. Sin embargo, se estima que es el responsable de hasta el 80% de la mortalidad asociada al cáncer de piel. Debido a los hábitos actuales de exposición solar su incidencia ha aumentado en los últimos años.

Estos daños mencionados anteriormente se acumulan a lo largo de los años. Es por ello por lo que la exposición sin protección a lo largo de la vida aumenta el riesgo de padecer cáncer de piel. Numerosos estudios científicos demuestran que la exposición solar prolongada y las quemaduras solares en la infancia y adolescencia aumentan el riesgo de padecer cualquier tipo de cáncer de piel en la edad adulta. Es por ello por lo que resulta de vital importancia la protección solar en edades tempranas y educar a los más jóvenes de los riesgos de tomar el sol sin fotoprotección.

Cabinas de bronceado. ¿Es una alternativa saludable?

El uso de cabinas de bronceado tuvo su auge en la época de los 90, siguiendo las tendencias de la época donde el bronceado era el canon de belleza por excelencia. Aunque la idea popular respecto a este método de broncearse es de una alternativa saludable para broncearse, el uso de las cabinas de bronceado es igual de perjudicial que la exposición prolongada al sol.

Este tipo de dispositivos emiten radiación ultravioleta a intensidades superiores a la radiación solar. El hecho de exponerse repetidamente a este tipo de cabinas sin ningún tipo de protección aumenta el riesgo de padecer cáncer de piel a largo plazo.


Papel del farmacéutico en el cuidado de la piel

El farmacéutico constituye la figura sanitaria más accesible para la población, sobre todo en el periodo vacacional. Su papel educativo es fundamental para promover hábitos saludables de fotoprotección y de esta manera favorecer que la piel de los pacientes se mantenga en las mejores condiciones posibles, con el fin de prevenir enfermedades relacionadas con la exposición al sol.

Es por ello por lo que las principales recomendaciones de cara al verano son las siguientes:

  • Evitar la exposición prolongada al sol, sobre todo en las horas centrales del día. La intensidad de la radiación UV aumenta es en las horas centrales del día, entre las 12:00 y las 16:00 h. Se debe evitar en la medida de lo posible la exposición solar en esta franja horaria. Siempre que sea posible debe evitarse la exposición al sol, buscando la sombra. Además de los fotoprotectores se deben usar barreras físicas de protección, como sombrillas, ropa adecuada, gorros de ala ancha y gafas de sol.
  • Usar protección solar los 365 días del año. Aunque la incidencia UV sea mayor en los meses de verano, no se debe olvidar la fotoprotección en invierno. La luz solar es capaz de atravesar nubes ligeras y nieblas. Aunque en la temporada invernal no haga tanto sol como en verano, si no se usan las medidas adecuadas se puede seguir acumulando el daño cutáneo favoreciendo el envejecimiento prematuro, la aparición de manchas, o incluso cáncer.
  • Aplicación de fotoprotector y reaplicar cada dos horas. Se debe aplicar fotoprotector media hora antes de la exposición al sol. Debe optarse por un fotoprotector con alto factor de protección. Se recomienda que sea a partir de FPS 30, aunque en los fototipos más claros se debe emplear fotoprotector FPS 50+. Para que el fotoprotector sea más efectivo, debe aplicarse la cantidad adecuada de manera uniforme. La cantidad recomendada por los profesionales de la salud para garantizar la efectividad del fotoprotector es de 2 mg/cm2:
    • En el caso del rostro se necesita una cantidad equivalente a la longitud de los dedos índice y corazón.
    • En el caso del se necesita una cantidad equivalente a 30 ml, que corresponde aproximadamente a un vaso de chupito.

Aunque actualmente la mayoría de los fotoprotectores tienen como principal característica su resistencia al agua de cara a la temporada de playas y piscinas, ningún fotoprotector resiste al agua al 100 %. Tras el baño, parte de la protección puede perderse, dejando a la piel más vulnerable. Es por ello por lo que tras salir de la piscina o del mar, debe volverse a reaplicar el protector solar sobre la piel seca en la misma cantidad que se ha mencionado anteriormente.

Uso de fotoprotección oral. En caso de las pieles más claras o en exposiciones muy prolongadas se puede recomendar la suplementación con fotoprotectores solares. Cabe destacar que estos complementos alimenticios no sustituyen la fotoprotección tópica. En su composición cuentan principalmente con agentes antioxidantes los cuales reducen el estrés oxidativo provocado por la radiación solar. En combinación con los fotoprotectores tópicos ayudan a neutralizar y prevenir el daño por la radiación solar y sus consecuencias a largo plazo. Los activos más frecuentes en este tipo de suplementos son Polypodium leucotomos, licopeno, luteína, vitamina C y E, selenio y Coenzima Q10.

  • Detección de medicamentos fotosensibilizantes. Hay principios activos que son fotosensibilizantes, de tal manera que tras su consumo puede dejar a la piel más susceptible a los efectos nocivos de la radiación solar. En caso de detectar en el mostrador que un paciente está en tratamiento con algún medicamento fotosensibilizante se debe recomendar reducir la exposición al sol lo máximo posible y recomendar un fotoprotector de amplio espectro. Algunos de los medicamentos más frecuentes son diuréticos, antibióticos como tetraciclinas o fluoroquinolonas, retinoides, algunos AINES y algunos antidepresivos y antipsicóticos.
  • Uso de alternativas saludables para broncear la piel. Para lucir un bronceado saludable se puede optar por el uso de cosméticos que, sin necesidad de radiación UV, aporte este tono a nuestra piel. Estos cosméticos se denominan autobronceadores y no necesitan de radiación solar para poder oscurecer la piel. Estos cosméticos contienen activos, como es el caso de la dihidroxiacetona, que en contacto con la piel se oxidan y aportan coloración. Este “bronceado” desaparece a los pocos días, tras la descamación natural de la piel. Cabe recordar que el uso de estos cosméticos no sustituye a la aplicación de fotoprotectores ya que no aporta ningún tipo de protección frente a la radiación UV.

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