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Recomendaciones de repelentes en la farmacia

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Recomendaciones de repelentes en la farmacia

Sara Afonso

Sara Afonso

Farmacéutica del Servicio de Información Técnico- Profesional del COFM.

En los últimos años, el consejo sobre repelentes ha evolucionado claramente en la farmacia comunitaria. Lo que tradicionalmente se asociaba a un producto estacional, ligado al verano y al alivio de las picaduras, se ha convertido en una herramienta preventiva con implicaciones sanitarias reales. El aumento de enfermedades transmitidas por vectores y la mayor movilidad de la población han hecho que el farmacéutico tenga un papel clave a la hora de orientar la elección del repelente más adecuado.

En este contexto, el principal reto no es tanto conocer los productos disponibles, sino saber adaptar la recomendación al paciente y a su situación concreta. Porque, en la práctica, no existe un único repelente ideal, sino una elección que debe construirse en función de la edad, el destino y el tipo de exposición.

Más allá del producto: entender cómo funcionan

Los repelentes actúan interfiriendo en los mecanismos que utilizan los insectos para localizar al huésped. No los eliminan, sino que dificultan que detecten señales como el dióxido de carbono o los compuestos presentes en la piel. Este matiz es importante en el mostrador, ya que permite gestionar expectativas: el objetivo no es “que no haya insectos”, sino reducir de forma significativa la probabilidad de picadura.

Además, su eficacia no es estática. Factores como la sudoración, la temperatura (cada incremento de 10 °C de temperatura disminuye un 50 % el tiempo de protección), la humedad o el contacto con el agua pueden acortar su duración. Por eso, más que hablar de “potencia”, resulta más útil explicar al paciente el concepto de tiempo de protección real.

Principios activos: elegir con criterio, no por inercia

En la práctica diaria, tres activos concentran la mayor parte de la evidencia y deberían guiar la recomendación.

El DEET sigue siendo el referente clásico. Su eficacia está ampliamente demostrada y ofrece una protección prolongada frente a mosquitos y garrapatas. Sin embargo, uno de los errores más frecuentes es asociar concentraciones más altas con una mayor eficacia. En realidad, lo que aumenta es la duración de la protección, no su intensidad. Las concentraciones utilizadas oscilan desde el 5 % hasta el 40 %. Tiene propiedades disolventes de plásticos y tejidos sintéticos y puede disminuir la eficacia de los protectores solares. Por ello, es recomendable aplicarlo una vez hayan pasado 30-60 minutos tras la aplicación de protección solar. Concentraciones entre 6,65 % y 10% ofrecen entre 1 y 3 horas de protección; entre 20 % y 23,8 % ofrecen entre 4 y 5 horas de protección y concentraciones del 30 %, ofrecen protección durante 6 horas.

La Icaridina, por su parte, ha ganado protagonismo en los últimos años. Ofrece una eficacia comparable al DEET, pero con una mejor aceptación cosmética: menor olor, textura más ligera y menor sensación grasa. Esto la convierte en una opción especialmente interesante en pacientes reticentes al uso de repelentes tradicionales. Las concentraciones usadas se encuentran entre el 10% y el 20%. Los productos con concentraciones del 10 % ofrecen 5 horas de protección. Los productos con 20% ofrecen protección de hasta 7 horas.

El IR3535 completa las alternativas habituales, con un perfil de seguridad elevado, lo que explica su frecuente utilización en población pediátrica. Aunque su duración puede ser algo menor, sigue siendo una opción válida en situaciones de riesgo bajo o moderado.

Frente a estos activos, los repelentes de origen vegetal suelen generar una percepción positiva en el paciente, pero conviene matizar su papel. Su eficacia es claramente inferior y su duración limitada, lo que obliga a reaplicaciones frecuentes. En consecuencia, su recomendación debería reservarse a exposiciones de bajo riesgo, evitando transmitir una falsa sensación de protección en situaciones más exigentes.

La edad como punto de partida del consejo

Si hay un criterio que condiciona de forma decisiva la recomendación, es la edad. En lactantes menores de dos meses, la indicación es clara: no se deben utilizar repelentes tópicos. En estos casos, la protección debe basarse exclusivamente en medidas físicas como mosquiteras o ropa adecuada.

A partir de los dos meses, se pueden introducir repelentes, pero con restricciones. La frecuencia de aplicación debe ser limitada y es fundamental que el producto lo aplique siempre un adulto, evitando zonas como las manos.

En niños pequeños, la elección suele orientarse hacia icaridina, IR3535 o concentraciones bajas de DEET. Se recomienda que en niños pequeños (hasta los 12 años) no se administren más de una o dos aplicaciones al día y, en niños de edad superior, hasta tres aplicaciones diarias.

En el caso de mujeres embarazadas o en periodo de lactancia, conviene transmitir un mensaje claro: el uso de repelentes es seguro cuando está indicado, y su beneficio supera el riesgo en contextos de exposición relevante. Aun así, siempre debe consultarlo con su médico para valorar cada caso.

El destino: un factor que cambia completamente la recomendación

Uno de los errores más frecuentes es no ajustar la recomendación del repelente al contexto real de uso, ya que el riesgo asociado a una picadura puede variar enormemente según el entorno. No es comparable una exposición puntual en un entorno urbano con baja densidad de insectos que un viaje a una zona donde estos actúan como vectores de enfermedades.

En situaciones de bajo riesgo, como la vida cotidiana en ciudad o paseos ocasionales, el objetivo principal suele ser el confort. En estos casos, pueden ser suficientes formulaciones con concentraciones bajas (por ejemplo, icaridina al 10% o DEET en torno al 10–15%) que ofrecen una protección limitada en el tiempo, pero adecuada para exposiciones cortas. Incluso algunos repelentes de origen vegetal pueden ser muy buena opción, siempre que el paciente comprenda que su duración es reducida y que requieren reaplicaciones frecuentes.

Sin embargo, cuando la exposición aumenta, como ocurre en actividades al aire libre, zonas húmedas o entornos rurales, el planteamiento debe cambiar. Aquí ya no se trata solo de evitar molestias, sino de garantizar una protección sostenida. En este contexto, los activos de elección son aquellos con eficacia contrastada, como el DEET, la icaridina o el IR3535, en concentraciones medias. Así, una icaridina al 20 % o un DEET en torno al 20–30 % permiten alcanzar tiempos de protección más prolongados, generalmente entre 6 y 10 horas en condiciones normales. Es importante recalcar que el aumento de concentración no incrementa la “potencia” del repelente, sino su duración, lo que ayuda a ajustar mejor la recomendación a la duración real de la exposición.

El cambio de enfoque es especialmente relevante en el consejo al viajero internacional, donde el riesgo se convierte en potencialmente clínico. En regiones tropicales y subtropicales, el mosquito Aedes aegypti es responsable de la transmisión de enfermedades como el dengue, el Zika o el chikungunya, especialmente en áreas de Sudeste Asiático, América Latina y el Caribe. A diferencia de otros mosquitos, este vector tiene hábitos diurnos, lo que obliga a mantener la protección durante todo el día, no solo al atardecer.

Por otro lado, en gran parte de África subsahariana, el protagonismo recae en el mosquito del género Anopheles, transmisor de la malaria, con actividad predominantemente nocturna. En estos casos, la protección debe reforzarse especialmente al final del día y durante la noche, combinando repelentes tópicos con medidas físicas como mosquiteras.

En Europa, aunque el riesgo es menor, no es inexistente. El mosquito Aedes albopictus, conocido como mosquito tigre, está ampliamente distribuido en países como España o Italia, y se ha asociado a brotes locales de dengue o chikungunya. Asimismo, el virus del Nilo Occidental, transmitido principalmente por mosquitos del género Culex, ha generado casos en distintas zonas del sur de Europa.

En todos estos escenarios de riesgo sanitario, la recomendación debe ser más estricta y deliberada. Se priorizan formulaciones con eficacia demostrada, como DEET en concentraciones del 20–50% o icaridina al 20–25%, capaces de ofrecer una protección prolongada incluso en condiciones adversas. Además, es fundamental insistir en la correcta aplicación: cantidad suficiente, cobertura de todas las áreas expuestas y reaplicación según duración estimada y condiciones ambientales.

El tipo de plan: adaptar el uso a la vida real

Más allá del destino, el tipo de actividad también condiciona la elección. La práctica deportiva, por ejemplo, introduce variables como la sudoración, que reduce la duración del repelente y obliga a replantear la frecuencia de aplicación.

En situaciones como playa o piscina, aparece otro elemento clave: la interacción con el fotoprotector. El orden de aplicación (primero el protector solar y después el repelente) es un detalle sencillo, pero que muchos pacientes desconocen y que puede marcar la diferencia en la eficacia de ambos productos.

En el caso de los niños, la elección del formato cobra especial importancia. Las lociones suelen ser preferibles frente a los sprays, ya que permiten una aplicación más controlada y reducen el riesgo de inhalación.

Consejos de uso

El repelente no debe entenderse como una solución aislada. Su eficacia aumenta cuando se combina con otras medidas, como el uso de ropa adecuada, la evitación de zonas con alta presencia de insectos o la utilización de barreras físicas como mosquiteras.

Debe aplicarse solo sobre piel expuesta (no sobre la ropa), evitando ojos, mucosas, labios, heridas o piel irritada. Además, no se debe aplicar en exceso, sino que debe cubrir de forma homogénea sin empapar la zona. Cuando se aplique en la cara, no debe ser directamente: primero aplicar en las manos y después extender correctamente, reduciendo así el riesgo de inhalación y contacto ocular.

Es importante respetar siempre las indicaciones del fabricante y remarcar que cuantas más veces se aplique, no aumenta la potencia de este. Solo se debe reaplicar si se supera el tiempo de protección, hay sudoración intensa o contacto con agua.

En el caso de los niños, el producto debe ser aplicado por un adulto, evitando la zona de las manos para disminuir el riesgo de ingestión o entrada en los ojos.

Tras realizarse la aplicación, es importante lavarse las manos. Además, una vez finalizada la exposición, se debe limpiar la zona que ha estado en contacto con el repelente.

Cuando se use crema solar, primero debe aplicar el fotoprotector y dejar que se absorba correctamente. Finalmente se aplica el repelente extendiéndolo homogéneamente por toda la superficie expuesta.

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