Mejora tu vida con el asesoramiento nutricional de las farmacias
Contenido principal

Una buena alimentación es un pilar fundamental de la salud y adoptar cambios positivos en el estilo de vida influye, no solo en el riesgo de desarrollar enfermedades, sino también en el bienestar diario y en la capacidad de mantener la autonomía en el futuro. Sabemos que una alimentación desequilibrada basada en un consumo elevado de cereales refinados y azúcares simples, junto con el sedentarismo, está asociado a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, cierto tipo de cáncer, obesidad, alteraciones del metabolismo glucémico e incluso caries dentales. Por el contrario, una ingesta abundante de frutas y verduras se ha identificado como un factor protector frente a muchos de estos problemas crónicos.
Además, determinados alimentos pueden influir en la absorción o eficacia de los medicamentos y, también pueden producirse interacciones que comprometan el tratamiento farmacológico. Por ello, integrar una alimentación equilibrada y adecuada al tratamiento farmacológico contribuye a mejorar la respuesta del organismo, reducir efectos adversos y favorecer un mejor control de enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes o la dislipemia. Y por ello, este enfoque integral no solo potencia los beneficios del tratamiento farmacológico, sino que también impulsa un estilo de vida más saludable y orientado a la prevención.
En este contexto, una forma eficaz y accesible de seguir una alimentación sana y equilibrada es adoptar el patrón de la dieta mediterránea. Hablar de este modelo alimentario implica necesariamente mencionar a Ancel Benjamin Keys, ya que gran parte de la evidencia científica que hoy respalda sus beneficios procede de sus investigaciones. El fisiólogo estadounidense, a través del Estudio de los Siete Países, comparó los hábitos alimentarios en 16 poblaciones de siete paises y descubrió que en las regiones mediterráneas la mortalidad por enfermedades coronarias era significativamente menor que en el resto. Concluyó que esto estaba estrechamente relacionado con el tipo de grasa consumida: en estos países se utilizaba aceite de oliva en lugar de mantequilla o margarina, se comía poca carne y abundaban las verduras, frutas y hortalizas. Se puede decir que en los resultados de esta investigación nació el concepto de Dieta Mediterránea. Sus conclusiones sentaron las bases de la nutrición preventiva moderna y consolidaron una visión que entiende la alimentación como un componente esencial de la salud integral.
La dieta mediterránea se estructura en una serie de principios fundamentales que orientan hacia un estilo de vida saludable:
- Priorizar los alimentos de origen vegetal con el consumo abundante de frutas, verduras, hortalizas, legumbres y frutos secos.
- Incorporar cereales integrales a diario como el pan, la pasta, el arroz y otros cereales integrales que aportan hidratos de carbono complejos y fibra contribuyendo a un adecuado equilibrio energético y a la salud digestiva.
- Consumir pescado de forma regular y huevos con moderación. El pescado, especialmente el azul, aporta ácidos graso omega-3 beneficiosos para la salud cardiovascular.
- Elegir aceite de oliva virgen extra como grasa principal. Es la fuente de grasa característica de la dieta mediterránea y destaca por su contenido en ácidos grasos monoinsaturados y compuestos antioxidantes.
- Incluir lácteos en cantidades moderadas. Preferiblemente yogur sin azúcares añadidos y queso frescos, que aportan proteínas de calidad y calcio.
- Limitar el consumo de carnes rojas. Su ingesta debe ser ocasional y en pequeñas cantidades, integrándose preferiblemente en platos basados en verduras, legumbres o cereales.
- Optar por alimentos frescos y mínimamente procesados. La elección de productos locales, de temporada y poco procesados favorece una alimentación más nutritiva y sostenible.
- Elegir fruta fresca como postre habitual. Los dulces y postres deben reservarse para ocasiones especiales, priorizando elaboraciones caseras con ingredientes saludables como aceite de oliva, frutos secos o cereales integrales.
- Mantener una hidratación adecuada. El agua debe ser la bebida principal a lo largo del día, evitando refrescos azucarados y bebidas alcohólicas.
- Adoptar un estilo de vida activo. La actividad física diaria es un complemento indispensable de este patrón alimentario, contribuyendo al mantenimiento del peso corporal y potenciando los beneficios de la dieta
Por ello, la dieta mediterránea tiene abundantes propiedades y características que hace de esta forma de alimentarse una de las más variadas, equilibradas y completas del planeta. La composición nutricional de los alimentos de la dieta mediterránea, unida a la forma de combinarse todos ellos, proporciona abundantes propiedades y características que hacen que sean numerosos los beneficios que esta forma de alimentarse aporta a la salud. Entre ellos, es una dieta muy adecuada para cubrir las necesidades nutricionales por el aporte de vitaminas y minerales, de ácidos graso monoinsaturados, el contenido en hidratos de carbono complejos y el alto contenido en fibra. Además, la dieta mediterránea es muy aceptada por sus sabores, por su variedad y por las formas de elaboración y preparación en la cocina. A parte, es muy económica, ya que gran parte de los alimentos que la forman no tiene un precio elevado.
A partir de estos principios, la dieta mediterránea se representa de forma clara y accesible mediante la pirámide de la alimentación saludable, que ayuda a comprender cómo debe organizarse la dieta diaria para mantener un buen estado de salud. Sus recomendaciones se estructuran en los siguientes niveles.
Por todo ello, seguir un patrón de dieta mediterránea constituye un autocuidado fundamental para mejorar nuestra salud. Su base científica, su accesibilidad y su enfoque preventivo hacen que desde la farmacia comunitaria promovamos esta dieta para orientar al paciente hacia una alimentación equilibrada, adaptada a sus necesidades y compatible con sus tratamientos farmacológicos. Este asesoramiento contribuye a mejorar la calidad de vida, obteniendo mejores resultados en salud, prevenir enfermedades crónicas, y reforzar el papel de la farmacia como agente clave en la educación sanitaria.
De este modo, integrar una alimentación saludable como propósito anual, constituye una estrategia eficaz para mejorar la calidad de vida y avanzar hacia una mejor salud global. La farmacia, como espacio sanitario accesible y cercano, se convierte en un aliado clave para acompañar al paciente en este proceso y ayudarle a consolidar hábitos saludables. Además, el trabajo coordinado entre farmacéuticos y nutricionistas constituye una estrategia de gran valor para optimizar los resultados en el cuidado de la salud y en la prevención de enfermedades, ofreciendo al paciente un abordaje integral y multidisciplinar.
Fin del contenido principal

