Cómo combatir el dolor articular en invierno
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El dolor articular es el trastorno más común que afecta al sistema musculoesquelético. En torno al 30 % de la población de entre 40 y 65 años, y al 80 % de los mayores de 65 manifiesta este tipo de dolor que normalmente se presenta en forma de pinchazo, dolor agudo, rigidez e inflamación.
El dolor articular puede estar influenciado por la obesidad, el sedentarismo, problemas reumáticos o cirugías articulares previas, pero muchas personas a menudo atribuyen el aumento del dolor articular a los cambios meteorológicos. Existen incluso personas con enfermedades articulares establecidas que afirman que la relación es tan real que pueden predecir los cambios climáticos por el empeoramiento de sus síntomas.
La llegada del frío, las lluvias y el aumento de la humedad ambiental son los cambios meteorológicos más asociados con el aumento del dolor y las molestias articulares. Especialmente se asocia con dolores en rodillas o manos, un aumento de la rigidez articular general o molestias en la columna o cadera al caminar o al levantarse. El frío y la humedad parecen intensificar la sensación de dolor articular, especialmente en personas que padecen artrosis, artritis, lesiones y/o o cirugías previas.
Factores ambientales
Los factores ambientales asociados al invierno que parecen empeorar los cuadros de dolor articular están relacionados con:
El descenso de la presión atmosférica, previo a las lluvias o al cambio brusco de temperatura, parece producir una ligera expansión de los tejidos que forman parte de las articulaciones empeorando la situación de las personas que ya padecen una inflamación crónica de estos tejidos. Como resultado puede aparecer hinchazón, rigidez y una agudización o intensificación de la sensación de dolor.
La acción del frío, que puede generar una mayor contracción de los músculos y los tendones, una pérdida de flexibilidad y una reducción del flujo sanguíneo. Originando rigidez, una menor movilidad y dolor articular al levantarse o al reanudar la marcha tras largos periodos de reposo.
La humedad ambiental, que parece aumentar la percepción del dolor, aumenta las molestias en personas con procesos inflamatorios activos.
La disminución de la actividad física originada por el empeoramiento del clima y el acortamiento de los días. Tanto en personas mayores como en personas más jóvenes, el aumento de días de lluvia, la reducción en las horas de sol y las bajas temperaturas parecen animar menos a la práctica deportiva, principalmente en exteriores. La actividad física ayuda a mantener la masa muscular y la movilidad articular, lo cual peligra si pasamos más tiempo en casa y hacemos menos ejercicio. Como consecuencia puede aparecer un aumento de la rigidez, el dolor o el peso que sobrecargue algunas articulaciones como las rodillas o la cadera.
Posibles cambios en la dieta y la hidratación, la ingesta de comidas más contundentes y menos ligeras y frescas implica un incremento de las calorías ingeridas y una disminución de la hidratación. Lo cual impacta directamente en un posible aumento de peso junto con una pérdida de agua corporal que puede resentir la salud de nuestras articulaciones y su cartílago.
La aparición de cambios en el estado de ánimo también puede afectar a la forma en la que percibimos el dolor. Los días más cortos y lluviosos, una posible reducción de la vida social y la imposición de la rutina pueden ser enemigos de la forma en la que nos encontramos y encajamos el dolor.
El dolor articular puede afectar y limitar numerosas actividades cotidianas del día a día. Desde caminar o subir escaleras, realizar deporte con comodidad, o efectuar movimientos con presión… hasta levantarse de la cama con normalidad o dormir y descansar correctamente durante la noche. En definitiva, reduce la calidad de vida de las personas que lo padecen. Por ello es tan importante cuidar nuestras articulaciones y prevenir situaciones que puedan dañarlas o ponerlas en riesgo.
Fortalecer la musculatura
La realización de una actividad física suave y regular como nadar, caminar, montar en bici, entrenar la movilidad articular, ejecutar rutinas sencillas de fuerza en gimnasio o practicar yoga o pilates; pueden ayudar a fortalecer la musculatura protegiendo las articulaciones, disminuir la rigidez y en definitiva aliviar o prevenir la aparición de dolor. Podemos asumir también como medidas protectoras de nuestras articulaciones todas aquellas que van destinadas a mantener una alimentación saludable y al control del peso corporal.
Es importante revisar nuestra dieta y garantizar un correcto aporte de nutrientes interesantes como los ácidos grasos omega-3 (presentes en el salmón, las sardinas, las nueces y algunas semillas) que tienen un carácter antiinflamatorio; antioxidantes y vitaminas como la C presentes en frutas y verduras que contribuyen a la producción de colágeno y a reducir el estrés oxidativo y por tanto, a mantener el cartílago articular en un buen estado; la vitamina D presente en huevos, pescado y lácteos que tiene un papel fundamental en el buen estado de los huesos; y un correcto aporte de proteínas y grasas saludables (como las presentes en el aceite de oliva, los frutos secos o los aguacates). Sin olvidar un óptimo aporte de agua que ayuda a mantener la lubricación de las articulaciones, reduciendo la rigidez y el dolor. Las bebidas calientes, como las infusiones, pueden ser unas buenas aliadas durante el invierno al ayudar a mantener una buena hidratación y a la vez proporcionar calor.
También hay que intentar mantener una buena higiene postural: adaptar y acomodar el espacio de trabajo evitando pasar largos periodos de tiempo en la misma postura, utilizar un colchón cómodo y respetuoso para garantizar un buen descanso y evitar amanecer con molestias, dormir las horas suficientes para lograr un descanso efectivo, o evitar cargar peso de forma inadecuada.
Y especialmente durante el invierno, evitar la exposición directa y prolongada de las articulaciones al frío extremo y la humedad, principalmente durante las primeras horas de la mañana o las últimas horas del día. Es recomendable protegerlas adecuadamente: utilizando guantes y calcetines; ropa térmica y en varias capas; evitando corrientes de aire frío que impacten directamente sobre ellas; o aplicando calor local regularmente. De igual modo huir de los cambios bruscos de temperatura utilizando, por ejemplo, el empleo de duchas templadas.
Cómo afectan las lesiones previas
Dentro del cuidado de nuestras articulaciones también se encuentra el tratamiento de posibles lesiones o dolores ya existentes y las actuaciones que puedan ayudarnos a sobrellevarlo de mejor manera. Es el caso de la aplicación de frío/calor. De forma general aplicaremos calor seco local si ya se padece una lesión y vamos a iniciar la actividad física, o si se padecen contracturas musculares (como puede ser en las cervicales o en el dolor de espalda) a fin de relajar, preparar y acondicionar la zona. Por el contrario aplicaremos frío local en el supuesto que se produzcan golpes, torceduras o lesión, se sospeche de rotura muscular o se sienta la zona inflamada o dolorida.
También podemos hacer uso de la fisioterapia en caso de lesiones graves, postoperatorios o simplemente para ayudar a relajar zonas tensas y mejorar o recuperar su movilidad. En caso de necesidad, puede emplearse adicionalmente la inmovilización de la articulación con férulas que a veces es útil de manera temporal para aliviar el dolor; la utilización de ayudas técnicas como bastones e instrumentos de ayuda a la marcha; o el empleo de calzado adecuado y adaptado que puede ser útil para amortiguar impactos, golpes o aliviar lesiones y molestias. En los casos más graves puede llegar a necesitarse cirugía para reemplazar articulaciones a fin de aliviar el dolor y recuperar su movilidad.
El uso de medicamentos para tratar el dolor articular también es una opción, desde medicamentos de prescripción indicados por el médico con el fin de reducir el dolor como antiinflamatorios no esteroideos (AINEs), corticoesteroides (orales o en infiltraciones) y paracetamol entre otros; hasta la adquisición en farmacia de alternativas de venta libre bajo el asesoramiento individualizado del farmacéutico. A demás en farmacia pueden adquirirse complementos nutricionales para incidir en el cuidado de las articulaciones. Los principales componentes de estos complementos son: el colágeno (que favorece la regeneración del cartílago), el ácido hialurónico, la glucosamina y la condroitina sulfato (protegen las estructuras que conforman la articulación), la cúrcuma (antiinflamatorio natural que puede reducir el dolor articular), los ácidos grasos omega 3 (como EPA/DHA), la vitamina C (que contribuye a la formación normal de colágeno), la vitamina D y el calcio (mejoran la salud ósea), las vitaminas del grupo B, el magnesio y el zinc (que contribuyen al mantenimiento de los huesos). Es muy importante asegurar la calidad del producto que se vaya a utilizar y diferenciar su función, por ejemplo respecto al colágeno, es el hidrolizado (tipo I) el más biodisponible y el que cuenta con aval científico para mejorar la salud articular actuando a nivel de los músculo, huesos, tendones y ligamentos. El colágeno nativo (tipo II) sin embargo no se absorbe y actúa como inmunomodulador con efecto antiinflamatorio al actuar en el ciclo de degradación del cartílago articular.
En caso de duda o necesidad de asesoramiento sobre cómo utilizar estos complementos, idoneidad, dosis, pautas posológicas, posibles interacciones con medicamentos del tratamiento habitual, efectos adversos o signos de alarma sobre empeoramiento de la patología, el farmacéutico siempre será el profesional sanitario de fácil alcance con el que se pueda consultar.
En definitiva, el frío no causa enfermedades articulares, pero sí puede intensificar el dolor en personas que ya padecen problemas previos. Adoptar buenos hábitos de vida, mantenerse activo y cuidar la alimentación ayuda a reducir el dolor y mejorar la calidad de vida.
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